Veo a la incertidumbre tejiendo abrigos para mis huesos. Pero no es una incertidumbre quieta, se desespera por saber, por intentar, y no hace nada más que esperar, y mientras teje se desgarra, se golpea, se saca los dientes. Presionada de falta se imagina un montón de historias que nacen para morir en ese mismo segundo. A veces siento que no puedo ser su par, que no puedo contenerla, que no puedo seguirle el juego porque va demasiado rápido. Forzado todo como el intento de saberme sola. Tengo un dolor que no se explica, me dice gritando, le respondo que sin más, toda interpretación es flexible, con aires de que no me importa. Pero le miento, porque yo vivo de sus suspiros, de su desesperanza. La intención que aparece adentro de eso es como la siempre búsqueda interminable de construir un puente sobre un hueco enorme. Hay un pozo y la caída espera atenta. El lapso se estira, se vuelve infinito. Creo que no estoy sola. Solamente me desvío entre no saber y saber demasiado poco. Me lanzo de un lugar a otro como una paleta de sonidos, no de colores, una gran pincelada de sonidos muy fuertes, estruendos que aterrizan en los oídos de quién escuche. Y la respuesta está al alcance, lo que entra por los oídos nunca puede ser plasmado en un cuadro, en un lienzo, ni en ninguna hoja en blanco. Así es como esto termina, y a mí tampoco me gusta. Pero es mío, y no quiero pedir nada más que eso.