La transformación es el padre que ya no te abraza. Es el anillo que te larga. Las circunstancias mutan sin intención de volverte mutante. Sin conectores, ni agregándole sal a la comida, la costumbre se ejerce con movimiento. Mientras te movés entre lo confuso aprovechás, y en un largo estás conforme. Es inútil olvidar la recreación para imponerle al acto determinaciones forzadas. Yo aprendí a dejar porque el estanque es una zanja anacrónica. Todo muta de figura a cuadro, de servilleta a origami, aunque después la grulla se te rompa. Las separaciones abren principios. Si uno no se despidiera nunca, no saludaría. Así como una canción que termina y provoca, en un lapso suena otra, desde el principio. El seguimiento es inevitable. No hay que ser precoz para saber que la violencia de rayar ese cd, podría lastimarnos la vista. Los oídos que endulzan amargura. Los espacios anchos se ciernen, conociendo que aún llenándolo de muebles, va a sobrar lugar para explicaciones, o metáforas que flotan deliberadas. El día en que la claridad esté poblada de súbditos, vamos a contemplar los amaneceres a primera hora, vamos a ser sus peces, los que hagan girar al planeta mientras nadamos ahí adentro. Ningún estacionamiento va a contener nuestro campo poblado. Laboratorio de paredes dobladas. Todo lo que corte con nuestros dolores de cabeza, curados con paños de agua limpia. Y frescos, hasta la eternidad de la muerte, asegurándonos de que uno no busca, más de lo que encuentra.