me imaginaba derramando todo el agua del bidón por el piso, hacer del cuarto un río incalmable, revolcarme en
el lugar acuoso, romper la heladera y desparramar la comida vencida, que sea todo igual a una cocina de cien
años, hecha mierda
por una juventud teñida, y llena de aros
después me acordé que lo mio no era el cementerio, ni la separación, sino las flores, tiradas orquídeas de la
vibra calurosa y pertinente
y ahora, con las cenizas de un garage concreto, sin nafta para el auto, ni para ir al bosque y encerrarme entre la
fauna de noche
me repito que la vida es un castigo sin argumento, que la vuelta del amor es hostil, y para qué buscar lo que
lastima si no encierra más que un perfume de ambiente, suave, casi de plástico.