estoy leyendo y me pasa una cosa doble: en la primera línea presto la atención necesaria como para sumergirme en la esperanza de un taladro que penetra, y en la segunda línea me corroe por las venas y el cuello específico la necesidad de mostrarlo, de compartirlo, de que ese secreto impune que guardo en el eco recóndito e interno pase a un altavoz donde pueda compartir mi estado, y sobretodo, lo que ese fruto o semilla que me planta y riega hace sentir.
descubro mi capacidad magnética de exteriorizarlo todo, o casi todo, lo que me supera y establece más allá.
si algo que descubro me parece demasiado bueno como para atesorarlo en candado, lo relego y distribuyo a la soledad del otro, me sucumbe la necesidad pavimentada de identificarme. en un caso es lo que me atraviesa, y en el otro es intentar atravesar al ser humano parecido sabiendo que puede generar impresiones que valen en comunión lo mismo.
si soy capaz de exteriorizar mi fuero interino, ¿porqué tiemblo y siento un hambre feroz después de plasmar una idea?